El juego del teléfono descompuesto
Del periodismo de responsabilidad a los "agentes de escala".
La mayoría de nosotros repetimos cada día un puñado de costumbres. Una de ellas es abrir el diario. Sin embargo, hace dos semanas, al entrar en un diario electrónico argentino, noté que la página estaba quieta: mostraba la misma información que el día anterior. Al principio pareció el problema de siempre: la caché. Un refresh, y otro. Nada se movía.
Busqué entonces si el sitio seguía en línea. La iA de Google no se limitó a no saber; respondió con una seguridad absoluta que el sitio funcionaba y que el obstáculo era mío; que yo era quien debía refrescar la página. Ante mi insistencia, le pedí el enlace de la nota principal del momento. Me devolvió una URL vieja, de la última edición que el sistema tenía a mano. Recién ahí, tras el reclamo, reconoció el error. La disculpa llegó con el protocolo de siempre y, detrás, una explicación técnica: una falla humana, operadores que no habían activado las actualizaciones.
El protocolo de la simulación
Pero el error no estaba en la actualización, sino en la respuesta. El primer acto del asistente fue desinformar: negar la evidencia del usuario para sostener la narrativa del sistema. Esa insistencia en que "todo funcionaba" mientras la pantalla gritaba lo contrario es la definición exacta de un circuito agéntico. No es un fallo del buscador, sino la lógica de una arquitectura que ya no busca la verdad, sino la simulación de un resultado.
Esa misma lógica es la que ha dejado el diario quieto. Ese medio es uno de tantos que hoy se manejan en modo agéntico, operados por una empresa que ya no necesita una redacción para publicar porque ha decidido que el "flujo de contenido" es más importante que la información. Aquí es donde se produce la pérdida de valor: cuando la agentización reemplaza la cadena de responsabilidad humana, la información pierde su capacidad transformadora. Ya no sirve para que el ciudadano tome una decisión basada en un hecho, sino para que el sistema cumpla una métrica de publicación. El teléfono descompuesto, que antes requería una ronda de personas, ahora se juega entre un medio que no actualiza y un asistente que, por protocolo, asegura que sí.
Periodismo a la carta
Lo que esa página quieta revelaba no era un fallo local, sino un cambio de función. El periodismo, en su forma mínima, es una cadena de responsabilidad: alguien presencia un hecho, alguien lo contrasta, alguien lo escribe y alguien autoriza la publicación. Esa cadena es costosa porque el error tiene nombre y apellido. Por eso las empresas la recortan. No lo hacen para investigar más, sino para "agentizar" y dejar de pagar la investigación.
El proceso es quirúrgico: capturan un cable, un comunicado o una nota ajena, la reescriben para evitar el contenido duplicado y la adaptan en tono y largo para distintos canales. Luego, la firman con un avatar, un staff genérico o el nombre de un periodista que jamás escribió esa versión. El producto final se parece a una nota, pero su costo ya no es el de una redacción. Por eso el error básico y la noticia repetida conviven: la máquina no se detiene ante una concordancia rota, y leer todo lo que se emite anularía el ahorro. Cuando reescribir no cuesta, el mismo cable se convierte en varias piezas presentadas como propias. No es que varios medios hayan investigado lo mismo; es que ninguno investigó y todos cobraron la publicación.
Inventario sin autor
La agencia de noticias ya cumplía parte de este papel, pero la diferencia hoy es de costo y de huella. Reescribir un cable exigía un redactor y dejaba un estilo, aunque fuera pobre. El agente borra el estilo y lleva el costo marginal cerca de cero. La nota original —con su calle, su archivo, sus contradicciones y su riesgo de desmentida— deja de pagarse. Y así, la página puede quedarse congelada en la última edición sin que nadie en la empresa lo note.
Este plan ya tiene nombre en las empresas que aún conservan una firma. McClatchy, dueña del Kansas City Star, el Miami Herald y el Sacramento Bee, describió internamente la decisión de agentizar toda la compañía. En una reunión de mayo de 2026, su CEO, Tony Hunter, habló explícitamente de «agentificar toda la empresa» mediante una herramienta llamada content scaling agent: un sistema que toma una nota escrita por una persona, la reempaqueta en varias longitudes y la publica con la firma del reportero. El argumento es puramente contable: hacen falta más historias y más inventario.
Las consecuencias son tangibles. Entre junio y agosto, Originality estimó que hasta el 20% de lo publicado en el Star y el Herald era generado por iA. El cierre del círculo lo registró la Columbia Journalism Review: un error introducido por el agente en el Sacramento Bee, modificado sin corrección visible, y en septiembre, más de noventa despidos sindicalizados en diecisiete medios. La firma queda en la página, pero la función del autor desaparece. El lector cree leer a quien investigó, cuando en realidad lee una variante producida para optimizar un largo, a un costo que ya no incluye a quien podría haber contradicho la información.
Información vs. Conducción
Aquí es donde entramos en el terreno del valor. Una información vale si sirve a un propósito. Para quien tiene que decidir, ese propósito es orientar: distinguir un hecho de una versión, una fuente de un eco. Si la pieza no sirve para eso, no es información barata; es información sin valor, aunque circule masivamente.
La manipulación es el uso contrario de este proceso. No busca describir un estado de cosas, sino armar una versión para producir una conducta. El "teléfono descompuesto" le resulta cómodo porque cada estación deforma un poco, ninguna responde por el mensaje final y la saturación tapa el original. Cuatro portales con la misma reescritura no son cuatro verificaciones; son una sola fuente multiplicada hasta parecer consenso.
En Argentina, el relevamiento de ADEPA encontró que cerca del 29% de los medios usa iA para redactar, titular o editar, siempre bajo la promesa de una "supervisión humana". Sin embargo, el SiPreBA recoge lo que esa declaración no tapa: textos chatos, idénticos, datos sin chequear. Cuando el volumen excede lo que un editor puede leer, la supervisión se vuelve un enunciado vacío, del mismo tipo que la disculpa que recibí cuando la iA ya no pudo sostener que el diario estaba al día.
La postverdad
La postverdad no es una moda de las redes sociales. Es un método de poder: subordinar el hecho al efecto y gobernar sobre versiones. Este método ya existía, pero no tenía una infraestructura a su medida. El medio agentizado se la proporciona porque economiza justo la función que estorbaba: la redacción que podía negarse a publicar, corregir un nombre o exigir una segunda fuente.
Para la empresa, esto es margen. Para quien gobierna con versiones, es cobertura. No hace falta dictar cada nota; alcanza con un ecosistema que multiplique el insumo oficial, el cable amable o el ataque ya empaquetado, sin un responsable claro. El ajuste no es ideológico, es económico: contrastar es caro y deja huella; reescribir es barato y se parece a información. La pieza manipulada no aporta valor de orientación, sino valor de conducción, y ese es el único valor que el método reconoce.
La escala del ruido
La escala ya es global. Jean-Marc Manach censó unos 15.000 sitios de noticias generativas solo en francés, la mayoría diseñados para monetizar anuncios parafraseando medios existentes. Un estudio de la Universidad de Maryland estimó que cerca del 9% de los artículos de diarios estadounidenses son parcial o totalmente generados por iA, casi nunca declarados, y que alucinan con mucha más frecuencia que los escritos por personas. No agregan un argumento nuevo; solo demuestran que el teléfono ya tiene estaciones de sobra y que casi ninguna avisa que está jugando.
El asistente que me mandó a refrescar un diario quieto y el medio que llevaba dos semanas sin actualizar cometieron la misma falla: no estuvieron ahí, no tienen a quién volver a llamar y, cuando se los exige, responden con un protocolo. La diferencia es el lugar desde donde hablan. El asistente no pide la confianza de un diario; el medio, sí.
Si un medio no puede decir quién vio el hecho, quién escribió la versión y quién la dejó pasar, no está acelerando el periodismo: está dejando vacante la única función que justificaba su existencia. Y esa vacante la ocupa quien necesita que el mensaje llegue deformado. Economizar la redacción y gobernar con postverdad no son dos crisis distintas; son el mismo juego. Cada reescritura ahorra un salario y aleja un poco más el hecho. Al final del teléfono no hay una información que sirva para decidir. Hay una versión que sirvió para otra cosa, repetida hasta parecer real.
Autor: Leo Utzinger
Asistentes en investigación: Gemma4 & Grok
Fuentes originales:
The Wrap, 21 de abril de 2026.
Columbia Journalism Review, 17 de septiembre de 2026.
ADEPA, agosto de 2025.
SiPreBA, mayo de 2026.
WAN-IFRA, Jean-Marc Manach, 10 de julio de 2026.

